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Elena es enferma crónica. Tiene fibrosis quística. Ahora tiene 25 años y conoce a la perfección sus síntomas. Lleva una vida "bastante" normal. A pesar de los continuos ingresos ha podido acabar sus estudios de pedagogía. En general está contenta y orgullosa de lo que ha conseguido, pero a veces se harta. Es injusto… ¿Por qué razón me tiene que costar tanto todo?, se pregunta.
El puente largo lo ha pasado bien. Comida con su familia el sábado, una tarde con amigas, una película en el sofá el domingo. Hacía meses que no se reía tanto. Aun así, los últimos días, entre risa y risa, lo iba notando. Más tos al hablar mucho rato, el esputo un poco más espeso, una fatiga sutil al subir las escaleras de casa. "Algo viene", pensó el domingo por la noche, sin alarma. Lo conoce. Se acostó pronto, hizo su fisioterapia respiratoria con disciplina y se levantó el lunes confiando en aguantar la semana.
Ha aguantado dos días. El miércoles por la mañana, después del puente, le falta el aire al ir a la cocina. Llama al 112 y llega a urgencias en ambulancia a las 13:00.
Al llegar con la ambulancia ya ve que hoy toca esperar. El triaje se lo hacen rápido, como siempre en la entrada de ambulancias. Diez minutos.
La sala de espera está hasta la bandera. La ponen en la cola para entrar en un box: mínimo una hora y media. Cuenta quince o veinte personas delante. Durante la espera, al menos dos médicos, un residente y la enfermera vienen a preguntarle cómo se encuentra y a hacerle una valoración previa. "Ostras, vaya pérdida de tiempo", piensa. El personal se mueve como pollo sin cabeza. La pasillera busca un celador y precisamente ahora no hay ninguno.
Después de una hora y media o dos horas, finalmente la colocan en un box. Viene el médico. Le hace preguntas, la explora. Las enfermeras le hacen la extracción y la analítica. Los celadores la llevan a hacer la placa. Inician tratamiento.
El médico le confirma que la van a ingresar a neumología y que ya se ha hecho la petición de ingreso. Lleva diez horas en urgencias. Tendrá que quedarse en un área de preingreso hasta que se libere una cama. Pasa la noche en una camilla en el pasillo. La luz encendida, el ruido continuo, sin privacidad. Sufre un ataque de ansiedad.
Treinta horas después de entrar en urgencias, ingresa en una planta quirúrgica a cargo del servicio de neumología — no hay camas en neumología. Las enfermeras de cirugía son muy amables, pero el manejo respiratorio no es el mismo. La doctora le pide un TAC, pero las agendas están saturadas: hasta el lunes o el martes no se lo pueden hacer.
Finalmente, el lunes la pueden trasladar a la zona del hospital donde está neumología. Y allí, todo cambia. En cuanto entra, una enfermera la reconoce desde el control: "Elena, ya vuelves a estar con nosotras". La acompaña a la habitación, conoce su historia, conoce su tratamiento. La auxiliar pasa a saludarla. La supervisora también. Esta planta es su sitio. El equipo domina el manejo respiratorio. La tratan con la combinación de profesionalidad y cariño que solo se construye después de muchos ingresos compartidos. Por primera vez desde el miércoles, no solo se siente atendida — se siente cuidada. Duerme. Sin ansiedad.
Está 14 días en el hospital. Cuando la clínica mejora, su neumóloga le da el alta. La firma del alta administrativa se retrasa cuatro horas mientras llegan los informes. Sale del hospital con la sensación de que el sistema ha funcionado, pero a trompicones, y con la certeza de que la próxima vez será parecido.